UN REMEDIO PARA MELEANDRA

lunes 7 de enero de 2008


Estaba allí, sentada, mirando por la ventana, viendo pasar las horas en el reloj, ese tic tac parecía enfrentarse dentro de los oídos de Meleandra. La marmita de té anunciaba que su contenido hervía, el humo que despedía la cocina de chocolate derretido y el pan con queso, abandonados en la mesa decían que el apetito se esfumaba como lo hacía el alma de la anciana.

Unos ojos verdes claros se acercaban a la habitación y de pronto irrumpieron con impetú en el cuarto; sin moverse y sin musitar palabra alguna, unas lágrimas cortas provenientes de Meleandra expresaron la calamidad que acontecería en unas horas y si al tiempo se le daba la gana de correr más velozmente, sería entonces, en menos de unos minutos.
-Toma asiento, sobrino mío,- Expresó la voz desafinada de la mujer.
Sin decir palabra, el muchacho acató la orden, la silla de mimbre (que se encontraba junto a una mesa de noche vieja y fea) ya no tenía ganas de estar en pie, todas las patas le faltaban.

La mujer recordó en ese mismo instante aquella tarde del viernes:
“El sol golpeaba las cabezas y las largas melenas negras de las jovencitas que venían del pueblo ondeaban tal cual lo hacían sus caderas que atraían las miradas de los picaros muchachos; el camino se alargaba cada vez más cuanto su vista veía menos, y aunque sus ojos se cegaban pudo reconocer la lánguida figura de Rosita que se dirigía a la casa de Gregorio, -si tan solo le hubiese hablado-. La minifalda provocativa que dejaba ver sus piernas largas era solo una pequeña muestra que era una ramera, la vida fácil la acompañó hasta su muerte,
-¡Puta! ¡Ramera hija de mierda!- gritaban las mujeres de los oficiales y entre tanto los esposos la devoraban con la mirada, mientras ella misma se desnudaba con su andar; error desgraciado el haberse unido a estos gritos, -hipócrita de mi-dijo la vieja, su sobrino salió a la defensa de Rosita y sintió vergüenza, él y la anciana se cruzaron y los reclamos no se hicieron esperar, la muchacha huía y la expiración la perseguía, tan solo si hubiese hablado.”

-La tía parece preocupada, esa muestra de tristeza y llanto no han dejado de perturbarme, que será lo que quiere decirnos, hablará de lo ocurrido el viernes en la tarde, cómo olvidarlo, aquel día cuando el trabajo se paró en la fábrica, salí al instante de ella, y encontré el alboroto en el callejón que queda a la vuelta de esta casa, -¡puta! ¡ramera hija de mierda!- le vociferaban las viejas chismosas y envidiosas a mi amada, debí haberla acompañado, la condené al dejarla sola y gritar con mi tía, tan solo fue un error, cuando quise encontrarla la hallé muerta, qué desgracia más grande puede caber en un hombre más que en la mía, cuando el dolor carcome mis venas y me arranca con sus afilados dientes cada órgano de mi ser, mis ojos envenenados de odio y rencor mataban a esa pobre mujer recostada en la mecedora enjuta como su rostro, ¡Maldita Meleandra!, de no ser pecado matar, mis manos ya se hubiesen empañado con sangre y acabado por fin con una plaga para el mundo, ¡Maldita Meleandra!, si no fueras tía mía. –Pensaba el joven.

Un estruendoso golpe en la mesa rompió el silencio de la pequeña habitación, el puño del joven de ojos verdes había dejado marca en la mesa y de un salto hizo levantar a Meleandra; el sonido del teléfono obstruye la contienda de miradas, el encolerizado hombre respira y retorna a la calma. La mujer se acerca al teléfono y de sus manos artríticas resbala la bocina.

-¡Hola, hola!- era Gregorio-
-¡Disculpa las manos inútiles de mi tía, estúpidamente dejaron caer el teléfono!-
-¡Llegaré después de medio día!, ¿entendido?-
Claro que… ¡osó colgarme ese desgraciado hijo de…!
-Controla tus fuertes emociones, no sea que se desborden y terminen yéndose en tú contra, distingue tus palabras no sea que tú enemigo interior te juegue una partida-
-¿Es una clase de amenaza, tía?
-No, solo es mi experiencia desorbitada, aunque en mí no haya querido funcionar, en tus manos está lograrlo, te conozco tanto y más que a mi misma y sé el odio que esta enmarañado con tu vida en contra mía o ¿acaso no es verdad, que deseas arrasar con mi existencia?, ¿para qué acelerarla, para qué mancharte cuando ya no es necesario?, date cuenta, los años caen en mí y me golpean , me castigan y me esclavizan al dolor y a la soledad, no hay peor castigo, que perder quienes amas, te perdí a ti como ahora pierdo mis fuerzas, sin esperanza de recobrarlos, la vida misma me dará muerte antes de que pienses un ¿Por qué?. No hay por que esperar, Gregorio no vendrá, y para cuando lo haga, ya será demasiado tarde para mí.


…………………………………………………………...


Se había levantado muy de mañana, las camas estaban tendidas y el desayuno listo para cuando llegó Meleandra, Rosita estaba lavando el ropaje del día anterior, su cabello lo tenía recogido en una trenza y en su rostro había una sonrisa infantil, el agua corriendo por el fregadero y la espuma que hacía el jabón se vislumbraba por las orillas.
-Doña Meleandra, ¡Buenos días!-
-Cállate insolente zarrapastrosa-
De inmediato la sonrisa que se dibujaba en el rostro de la muchacha desapareció de un zarpazo, pero en sus ojos brillaba cierta esperanza.
-¿Has sabido algo de Gregorio?, desde que partió la primavera no he visto su rostro, tan solo son sus besos los que me acompañan en el recuerdo, sus manos quienes me acarician en el silencio de la noche y es el canto de los pájaros que reemplazo por el dulce sonido de la voz de mi hombre-
-Descarada, acaso no tienes vergüenza, ¿cómo no te das cuenta que mi sobrino muere de amor por ti?, descocada, libertina y malcriada babosa, cómo te atreves a despreciar al muchacho ¿ah?
-No soy yo quien lo desprecia mi buena señora, pues bien mi corazón lleva un lazo con mi amado, las noches frías y sentir su calor hace que lo demás se borren de mi mente. No existe nadie que con solo su mirada me haga temblar, es que cada instante está en mi pensamiento y me gusta verlo corretear por él, llena todos mis rincones y espacios vacíos…pero su sobrino solo puede inspirar en mí, ternura y…lástima…perdonará usted, pero su soledad es agobiante, su mal carácter intimidador y su poca clase dan pena-
-Tal vez sea cierto, pero ese muchacho que dices amar no te corresponde, te engaña.
-Cállese y lárguese de la casa, espero no encontrar esos ojos amargos que usted posee, en mi camino nunca-

Una risa mortuoria se esparció por la sala y la arrogancia del corazón de Meleandra, expresó sin sentimiento alguno: -No será más tu preocupación el verme, pronto te irás, entiendes, tú te irás-

La tarde no demoró en llegar, bastó la despedida fúnebre para que se marcara el medio día. El sol golpeaba las cabezas y las largas melenas negras de las jovencitas que venían del pueblo ondeaban tal cual lo hacían sus caderas que atraían las miradas de los picaros hombres; se aproximaba cada vez más Rosita hacia Meleandra, -¿Adónde vas niñita?-,

-Es únicamente mi apuro y no corresponde a usted involucrarse en la privacidad ajena, con su aquiescencia- una muestra irónica enaltece las palabras de la bella jovencita, llevaba un vestido corto y recatado, su forma de caminar parecía temer y sus ojos tenían miedo, además dejaban rastros de inseguridad por donde pasaba.
Se aproximaba una algarada de oficiales con sus esposas, aquellos hombres miraron con lujuria a la muchacha y la pena hizo ruborizar sus mejillas, las mujeres celosas de tanta belleza encarnada en una adolescente gritaron con agravios:
-¡Puta! ¡Ramera hija de mierda!- no podía faltar la fruición de la anciana,
Hacia poco la fábrica la habían cerrado por problemas con los obreros, el muchacho de ojos verdes se dirigía hacia la casa de Rosita y en su camino escuchó los alarmantes gritos de las esposas, que encerraron a la chica, para desairarla, para oprimirla, de la pobre solo se veían vestigios de un llanto, sus manos cubrían entonces su rostro, el joven la aparta del tumulto y se cruza con su tía:
-¿Qué ha provocado tu veneno? víbora sarnosa-
-No lo he provocado yo, sino la perra que proteges-
-No la llames así- y su mano derecha se abalanzó en el rostro añejo de la mujer y unas muestras de sangre salieron de los labios de esta.
El joven entra a una cantina, bebe unos tragos inocente del daño, la muchacha caminaba con la tristeza en su frente, Meleandra llevaba el revolver en su bolsa de mercar, sigue esta los pasos de Rosita que entra en un jardín que va directo a la casa de Gregorio, la anciana se apresura y de un tiro en seco en la cabeza cegó la vida de Rosita.

Un tiro cerca de la casa despierta a Gregorio que se apresura a mirar lo sucedido.
El muchacho de ojos verdes también se espanta del estruendo, al salir de la cantina y recordar que había perdido el revolver, su tía y su amada ya no están decide apresurarse al lugar del disparo.
Los dos jóvenes se enmudecen al ver el cuerpo que yace entre las orquídeas rosas, la sirena del carro de la policía cada vez se acercaban más.
-¿Quién ha sido?
La sospecha del asesino rondaba en la cabeza del sobrino de Meleandra, pensaba en sus adentros -Fue esa rata, maldita bruja.-
El sufrimiento quebrantó el alma de los pretendientes, que enterraron lo único que tenían en común, ahora decididos estaban en hundir a la asesina, si más era preciso, acabar también con su vida.

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-Esperémoslo, deseo disfrutarlo con él, - dice cínicamente el sobrino de Meleandra que entre las manos llevaba un soga, tres golpes en la puerta anunciaban lo que esperaba la anciana, una pequeña niña de unos diez años, hija de un yerbatero le hace entrega de una bolsa cuyo contenido desconocía el joven,
-¿Qué es eso?- pregunta el sobrino
-Es un remedio, un remedio para tu tía, para ti y para tu enemigo.-
Se oían unos pasos por las escaleras que se acercaban al lugar, era Gregorio, con una sonrisa saluda al chico, saluda y la vieja dice:
-Confieso a ustedes que fui yo quien a sangre fría acabé con la vida de esa zarrapastrosa que no valía la pena-, esta se lanza hacia los pies de Gregorio y con un aire de demencia le expresa el infinito amor que siente por él.
Se acerca hacia donde dejó el frasco, lo saca y empieza a beber afanosamente, mientras los muchachos entumecidos no por la noticia, sino por el actuar enloquecido de la anciana. Ambos concentraron su mirada en ella viéndola caer, arrastrase por el piso hasta morir.

Y marcaron las dos de la tarde…

EL MANUSCRITO DEL BOSQUE


En una hacienda muy grande tan grande como el infinito universo, había dos graciosos enanos, de cachetes sonrojados y gorros escarlatas y puntiagudos, zapatitos negros como el carbón de puntita redonda, tanto como lo eran sus pequeñitos ojos verdes, vivían en lo alto de la colina y de vez en cuando iban a casa de don Cinforolo, como hoy y es en la hacienda de este hermoso anciano donde empieza nuestra historia.

Eran las dos de la tarde de un domingo en verano, Don Cinforolo salió a pasear con su pequeño perro Skipy, decidió que ese día iría a recoger flores y frutos frescos en el bosque, su alegría no se podía esconder por ningún lado, su perro ladeándose de un lado a otro y metiéndose por entre las piernas del anciano.

Se estaba acercando y vio en el horizonte gran cantidad de árboles derrumbados y el sonido de las sierras se metió entre sus oidos y la felicidad que traía se le esfumó de repente y empezó a andar más de prisa. Al llegar, intentó detener a quines ordenaban derrumbar la vida vegetal.

-¡Alto, alto qué hacéis, detente, por favor, alguien pare, quien sea detenga esta masacre!- gritaba angustiosamente el anciano.

-Qué hace viejo inútil, deje de gritar, debemos quitar esta basura que impide la construcción de hoteles y centros comerciales que aumentarían la economía de nuestra ciudad, espero que entienda y se vaya- decía el asistente llamado Conde.

-Por Dios esto es la vida, lo que nos mantiene purificados y limpios es un paraíso como para destruirlo inútilmente.-imploraba Don Cinforolo.

-Nos haría un favor si se retirase, nos esta estorbando y puede que le ocurra un accidente del cual no queremos hacernos responsables-

Don Cinforolo se retiró con la mirada y el semblante tan amargo como un limón, Skipy tenía lágrimas en sus ojos y llevaba la cabeza gacha.

De camino a casa vio de lejos, a su derecha en dirección a la posición de su perro, unos seres pequeños que se movían con agilidad hacia las colinas, eran cuatro y mientras se acercaba parecía ver unos niños, pero sus ojos lo engañaban, se colocó sus anteojos y se dio cuenta de lo raro que eran, llevaban gorros puntudos de diferentes colores, eran regordetes y los cachetes como melocotones maduros, chalecos con botones color oro y en sus zapatos de puntita circular unas hebillas de color plata.

Se acercó súbitamente, ellos giraron su mirada hacia él, todos se miraban con extrañeza y los enanos salieron a correr despavoridos al descubrir que era un humano quien los observaba.
Don Cinforolo interrumpió la estampida diciendo:

-No os espantéis, no tengáis miedo no os voy hacer daño confiad, me duele que destruyan el bosque, es mi amigo y a la vez toda mi vida, sé que ustedes son protectores de ellos y no entiendo ¿por qué huyen?-

-No huimos, corremos a avisar a los demás, desde hace más de cien años los enanos dejamos de vivir cerca de los bosques y nos dirigimos a las colinas, ahora son los duendes quienes los habitan, estábamos de visita cuando oímos caer nuestros amigos, los duendes están intentando evitar que continúen, nosotros vamos por los demás para ayudar – Decía Godín, era el jefe en esa zona.

-Si puedo ayudar, díganme en qué y me pondré en marcha-

-Avísale a los guardabosques, que vengan lo más pronto que puedan-Dijo Sara, esposa de Godín.

Don Cinforolo se apresuró hacia su casa, de repente escuchó cómo las máquinas pararon bruscamente y los hombres corrían por doquier gritando.

Los enanos aplaudieron y rieron de alegría, Don Cinforolo los miró desconcertado y al darse cuenta de que era obra de los duendes en protección de los árboles, se unió a la euforia.


A la mañana siguiente muy temprano los guardabosques se reunieron con Don Cinforolo, pero fue un intento vano como el mismo hecho de impedir que los trabajadores siguieran talando. El anciano salió en búsqueda de las personitas pequeñas, talvez ellos tendrían mejores planes. No tardo en salir cuando todos los enanos estaban reunidos frente a su puerta y llevaban grandes carteles y frases grabadas en pequeñas piedras que amenazaban a los hombres de que abandonaran el bosque por que iban a lamentar gravemente lo que hacían si continuaban. Se fueron entonces, todos sigilosamente y dejaron regados por doquier las piedras y las hojas.

Los duendes empezaron a emitir sonidos graves y a la vez fantasmagóricos, truenos que avecinaban tormentas que no llegaban nunca, voces y llantos que se reproducían a través de los ecos y extrañas desapariciones de la maquinaria. Al parecer, en el comienzo, no muchos se atemorizaron; pero luego de unas semanas cuando realmente lograron enfurecer a todos los habitantes del lugar se reunieron los animales, los enanos y los duendes, reunión en que no podía faltar Don Cinforolo y su perro Skipy.

Todos, sin excepción, acordaron traer el sagrado manuscrito que tenía guardado en sus páginas los secretos que podía guardar la madre naturaleza y las revelaciones que ésta tendría si alguien atacara en contra de ella, desde su comienzo hasta su final enseña cómo respetar y preservarla, recordándonos que hasta ahora solo hay un planeta que tiene vida y que depende en gran parte no descuidar de la naturaleza, esta que precisamente si faltara todos moriríamos.

Según dicho manuscrito, en que decía devolver el mal causado al causante, parecía ser la salida más justa a la que todos pudieron llegar, pero el anciano parecía no estar de acuerdo, el zorro en la defensa, salió al centro del círculo que habían formado para explicar el sentido de esta ley:

-¡No es la ley del talión que ustedes los humanos crearon en defensa y por venganza, la nuestra es hacer entender el daño que causarían al ecosistema y a todos nosotros si continúan destruyendo desaforadamente nuestro hogar, en lo que respecta debes conseguir la ubicación de todos los que trabajan y el resto se hará por cuenta nuestra, ahora márchate!-

-¿Puedo saber qué harán?-

-No por el momento, ya llegará la hora en que te enterarás-

Pasado el día, Don Cinforolo tenía en sus manos los datos de aquellos hombres, realmente le fue fácil averiguarlo, todos ellos eran nietos, hijos y sobrinos entre primos de quienes en tiempos pasados fueran sus amigos, pero aún le hacía falta un nombre, el que pertenecía al dueño y señor de la obra, sinceramente no sabía cómo conseguirlo, pues quienes trabajaban para él no tenían la menor idea de su nombre les bastaba con el hecho de que la recompensa por su labor era bastante alta, ellos solamente sabían el nombre de su asistente: -Salvador Conde-. Y fue este el primero en recibir el castigo:

Esa misma noche el loro, el búho, dos zorros, la ardilla y la serpiente se incorporaron en la habitación de Conde, despertaron al asistente y cuando este abrió los ojos, diose cuenta de que una serpiente se había enrollado en sus piernas de lado estaban los zorros muy juntitos encima estaba el búho formando un ser extraño y tenebroso pues la tiniebla escondía la realidad de la figura, y la imagen que habían hecho los animales se movía y tomaba la voz del loro que estaba escondido para expresarse amenazante, y empezó a hablar: -Vete, sal de aquí te destruirás con nosotros si sigues talando el bosque- entre tanto la ardilla mordía las patas de la cama, botaba los retratos de la mesa de noche y rompía con sus dientes la ropa de los cajones, el mantel que se encontraba en una mesa y las cobijas.
El susto, como te podéis dar cuenta querido lector, duró varias horas, y no fue al único que asustaron en aquella noche, pues quiero contarte que grupos de animales fueron a la casa de los más importantes, es decir de quienes manejaban todo para arrasar con el bosque, todos en el pueblo amanecieron temerosos; pero no fue suficiente, al parecer, para dejar la obra, ahora os voy a contar cómo aconteció a la mañana de los sustillos.

-¡No, no, no es posible que haya sucedido esto, voy a comunicar una asamblea en la plaza que esta frente a la iglesia ¡- Emitía con rabia el señor Conde dirigiéndose a su secretaria

-Señor, ya mismo me pongo en la tarea de convocarlos-

-Voy a rogarle que se apure, porque es para YAAAAA!- gritó Conde.

-Sí señor- respondió temblorosamente la secretaria, pero no más que su propio jefe.

Al poco rato estaban todos en la plaza contando las raras apariciones de imágenes en la pared que amenazaban grandes accidentes si no dejaban todo como estaba, contaban también cómo todo estaba revolcado al despertar y la serpiente enrollada en las piernas y raros sonidos escandalizaron tanto que deseaban regresar a las ciudades y olvidar lo sucedido.

-¡¿Cómo? Deben estar locos si abandonan este trabajo, nos haremos ricos tan solo con talar ese bosque, entiéndanlo es mucho dinero, no lo abandonen de esa manera, lo que sucede es una tontería!- gritaba Conde.

-Lo que dices es mentira no son solo tonterías, es la ley consagrada en el manuscrito del bosque, si no nos vamos los duendes y los animales se enfadaran aún más y no lo digo yo: es el ciclo de la vida, además esto ha pasado antes!-decía un trabajador.

-¡No lo escuchen…….-gritaba desesperado Conde- no lo escuchen debe ser mentira, cómo que un manuscrito…nada de leyes… eso no existe, debemos darnos prisa tenemos que terminar de talar el bosque!-

-¡No, no lo haremos!- gritaron los trabajadores en coro.

-¡Triplicaremos lo prometido, a cada uno daremos lo que nos pidan, pero no dejen la obra!-suplicaba Conde.

-Está bien, pero que nos den más descanso…umm más…-decían-

-Lo que quieran, lo que quieran -interrumpe sonriendo Conde-pero vuelvan hoy.

Y así fue, los trabajadores regresaron como también los animales, en su furia decidieron actuar. Los duendes y los enanos no se quedaron atrás.

Todos los animales empezaron a gritar en coro, varias especies salvajes salieron, entre ellas osos, tigres y pumas, salieron también las aves de carroña a las cuales se juntaron las águilas y varias serpientes enredando a los humanos haciéndolos caer, estos que al salir fueron rodeados por los enanos y los duendes que gritaban ¡FUERA!, y llevaban sus hachas y caucheras pero no atacaron a los hombres, todos salieron corriendo.

Al día siguiente las sierras y los grandes camiones que transportaban los troncos y demás maquinaria, estaban destruidas por obra de Don Cinforolo. Las caballerizas de los dueños se esfumaron por obra del fuego y de los mismos caballos, los vidrios los rompieron y una oleada de ratas, sapos y demás bichos e insectos atacaron las casas de los trabajadores, pero sobre todo la casa de Conde que se llenó de viboras y abejas. Don Cinforolo subió al campanario haciendo tocar los carillones, el pueblo vio como huía el asistente fastidiado por las abejas que no lo dejaron en paz hasta que salió totalmente del pueblo prometiendo no volver, en ese momento los animales cesaron y se fueron sin atacar a nadie y en fila india hasta llegar al bosque y seguido el anciano con su pequeño perro Skipy ambos muy erguidos y con la sonrisa de oreja a oreja.

Al adentrarse al bosque todos se sublevaron con gritos de felicidad y de triunfo; en verdad que lo era, pues habían logrado sacar a los destructores como ellos les decían a los taladores, agradeciendo al abuelo. Os cuento pequeños lectores, que todo lo que se quiere con real amor se puede lograr sin dañar a nadie y es así como Don Cinforolo es amigo de estos seres tan diminutos e importantes para nuestra naturaleza, son quienes velan por ella porque ¡algunos humanos no lo hacemos!. Espero amigo lector que haya sido de tu agrado y que entiendas sobre el deber de respetar el manuscrito del bosque.

CUANDO CONDENA LA CONCIENCIA (Basado en la Divina Comedia de Dante Alighieri)

(Canto Doce Infierno)

Se revolcaba en el suelo como poseída por demonios, sus gritos lastimeros eran un eco que dominaba mi cabeza, no soportaba. El aire estaba azufrado, una densa nubla desaparecía el paisaje. Solo divisé que su imagen se deformaba y se atizaba sobre un fuego extraño, a su fragor se incineraba su silueta. Me acerqué y su estruendo me ensordecía. Me perseguía como medusa rapaz y hambrienta.

El cielo indicaba el medio día. No sé como vi el horizonte y descubrí el sol, la negrura que me opacaba la vista me espoleaba. Se apoderó de mí una fatiga cruel y un mar de sudor se escurría por mi rostro. Me junté a un árbol de buena sombra, quedé dormido al instante, de pronto, con la misma rapidez de un rayo dispuesto a cortar el techo de la tierra el abeto se convirtió en fiera, se acercó, mi miedo me hizo helar el corazón avasallado en latidos que eran clemencias de ayuda. Gire mi rostro una vez más al espacio que tenía matices naranjas y rojos como si fuera la puerta del averno y el sol se convirtió en una horca de fuego. Al alcanzarme se abalanzó encima, me arrancó la carne, rasgó mi piel, sentí la sangre caliente salírseme. Intenté huir pero me interpeló el animal con un salto tajante, me tiro en seco al suelo sin evitarlo. Sus garras y sus filosos dientes tragaban pedazos de mi interior, lo miraba horrorizado, me devoraba. Mi terror era tal que sentí la muerte antes de que su hocico rozara tan siquiera la poca piel que me quedaba.

Desperté del sueño con un gemido pasmoso. Tortura peor de la mente no puede librarse el hombre pues de ella no se ha encontrado jamás escapatoria que lleve al sosiego. Murió por mis manos celosas. Oh Tánato llévame también al inframundo donde llevas las almas leprosas de miseria, peor castigo no hallaras en el infierno que estos sueños que me sepultan en la fiereza de la conciencia.

Recuerdos de la Colonización

Esa noche soltaron los perros, corría tras ella que iba cansada por el trajín de la jornada, cayó golpeándose las rodillas con las piedras que dejábamos tiradas todas las mañanas en la ribera. Hace un año llegamos en los barcos que nos traían junto con los otros esclavos negros, hoy estábamos huyendo. Rogamos la piedad que se nos demostraba con latigazos, la falta de agua para beber bajo el sol inclemente del caribe.

-Debemo huí, salí de ete mataero al que nos tienen sometio- dije por la mañanitica al rayar el alba.

La alcé en mis brazos y por entre los matorrales nos echamos, los peones salieron con las linternas y las armas para dispararnos, gracias al bendito Dios no nos vieron. Amanecimos tirados entre al cañaduzal, en medio de la barahúnda que se había formado el día anterior pudimos escapar hacia la parroquia de Santa Bárbara de Iró, llegamos a la hora en que el sol besa la tierra. Una mujer blanca como la sal y de suave voz nos brindó resguardo, curó las heridas de Celina (mi mujer se había cambiado el nombre en la cristianización), nos dio mantas limpias, comida y bebida.
Un hombre blanco intentó matar a Celina, en los arrebatos de mi carácter ofensivo levante un cuchillo y sin misericordia lo clave en la nuca del intruso.

MISERIA HUMANA (Basada en la Divina Comedia de Dante Alighieri)

Esa mañana me levante menos animada que de costumbre, ha de ser porque no quería levantarme tan temprano a oír una misa dominical. El Espejo me decía que estaba desgarbada y fea, despoblada de cabellos en la cabeza y depresiva como desde hace meses, no me conocía, había perdido del todo la vida y era un vago vestigio de las felicidades que hallé en la cumbre del desfiladero por el que rodaría minutos después de mi último beso.

Caminé largas jornadas y los trechos eran difíciles. Me dio fiebre y el calor pareció quemarme hasta el alma. No tenía a nadie más a quien acudir, y estaba allí como esa tarde en el palomar en el que le pedí que reviviera mi desazón. De la puerta del clérigo salió refulgente con la sonrisa más blanca y pura que la nieve aunque trajera dentro de su corazón el consuelo que fulguraba tanto más que si no pudiereis ver con los ojos de tu corazón quedareis ciego.

A sus pies tire mis rodillas raspadas y ardientes de dolor, y me jacte de él, a dentelladas se puede vivir ladeándose de la miseria de la mundana tierra. Llore de la misma manera que un bebe hambriento de amor de madre. Todas las cosas ordenadas están sin vacilación para el bien nuestro que no percibimos y nos consumimos en el albedrío carnal de las pasiones sin divisar el limbo en que nos encontramos. Su perdón sublime nos llena de dones, más yo solo he sabido despojarme de su majestuosidad para entregarme a la desidia.

No hay sabor más dulce e intenso que sus palabras, y mis oídos hasta hoy han permanecido sordos, pero lo encontré a él. Venía con luz propia, prometió ser ángel y querubín y amor y paz. Me construyó una caja de cristal, embadurno mi cuerpo de flores y el perfume de rocío. Lo amé, me dio voluntad para decidir y tomo mis deseos como mandato y ley. Caminé sin pensar, pero lo hizo él por mí, ahora en mares de llantos cuando su mirada aún es perfecta, clara y sencilla, aún amando otra alma de más candor, es astro de luz indescifrable.

Se sabe bien la dificultad de componer versos para quien en lo último nos espera con paciencia y amor. En su infinidad sin encontrar elocución perfecta que lo señale como Santa Teresa de Ávila, que en sus letras escribió la más alta solemnidad ofrecida al servicio de Dios. Miles son las historias que escribimos sobre el infernal mundo, es de nuestro diario ver y comprender pues hemos puesto pie y hasta cuerpo en el.

Parece que todos empezamos pecando para encontrar la sabiduría que hay en la verdad y la eterna felicidad a la cual todos aspiramos con firmeza, si es que se le puede llamar así. Recuerdo bien que amanecí desgarbada y fea, despoblada de cabellos en la cabeza y depresiva como desde hace meses, no me conocía, había perdido del todo la vida y era un vago vestigio de las felicidades que hallé en la cumbre del desfiladero por el que rodaría minutos después de mi último beso. Caminé largas jornadas y los trechos eran difíciles. Me dio fiebre y el calor pareció quemarme hasta el alma.
Claro, todos nos perdemos en la inmensidad de la libertad y probamos, nos quemamos en el ardor incluso del mismo frío, nos llevamos la experiencia. Esa vez, busqué amigos y todos no vacilaron en decir lo mismo, pero no hallé consuelo en lo mundano. Conmemoré las palabras de un viejo amigo: “en Dios está la respuesta del enigma de nuestro padecer, pues él los construyó para vernos ir a él y con compasión forjarnos la fortaleza que necesitamos para poder entrar a su reino”. Todas las cosas ordenadas están sin vacilación para el bien nuestro que ciegos somos de percibir y nos consumimos en el albedrío carnal de las pasiones sin divisar el limbo en que nos encontramos. Su perdón sublime nos llena de dones, más yo solo he sabido despojarme de su majestuosidad para entregarme a la desidia.

NO ESTOY LISTA PARA MORIR (Basado en la Divina Comedia de Dante Alighieri)

(PARAÍSO)
Ahora sí, partida en mi oscuridad vengo a entregarle a Dante mi sumisa nimiedad, vengo para decirle derrotada que me caí intentando reescribir mi paraíso para ofrecérselo, para que amara mis símbolos prosaicos y que viera en mí una Beatriz renovada. No, no pude. Me tape la cara con una sola mano y eche andar mis pasos que se arrastraban por el piso rojo deslumbrante. Hace como cinco minutos había visto la luz del sol besarme la mejilla izquierda, recordé que en el edén lo vería como un fulgurante resplandor que no se callaría para decirme la gloria que representaba beber agua fresca del manantial que sale de las manos del creador.

Así que me regocije y lo espere, sentada en mi hamaca blanca. Pensé también que la albura es sinónimo de pureza y de ella, su amada. Le tuve envidia por un momento. Me levanté y emprendí una marcha por mi mente y los disturbios que había en ella, las ilusiones y las fantasías que podía crear.

Soñé que los santos no lo eran y sus cuerpos se esfumaban del cosmos celeste en el que probablemente habita la familia divina. Sentí un escozor por dentro de mí y deje que un jugo natural refrescara mi garganta mientras que muy dentro podía divisar la inmensidad de la misericordia de quien había permitido mi vida y hacerme quien soy.

Vi mi niñez, las alegrías del amor y las caricias de quien había recorrido los recodos que en mi cuerpo podían existir, las descubrió sin vacilaciones de temor. Mi madre, aquella mujer que me decía que no podía desfallecer. Mi padre cansado de trabajo, mi hermano jugando y ensuciando su ropa. Comprendí que ese de quien renegamos nos regala cada día algo nuevo y es que, si no lo buscamos no podremos encontrar el paraíso.

Ves Dante, mi oficio poético ya no sabe escribir. ¿Cómo viste aquel reino? Te doy gracias y no por ser quien eres, más bien por aclararme que nosotros hacemos cada minuto y lo medité, vengo a darte mis letras y a decirte que no estoy lista para morir.

FRATRICIDIO (Basado en un cuento de Franz Kafka)

domingo 6 de enero de 2008

Autores:
Patricia Jiménez,
Andrea Carolina González,
Omar González Candela


Helado, aquel estremecedor aire nocturno se convertía en la antesala de los sucesos de esa noche, el ambiente era la mejor representación del alma de Schmar. El hombre se situó a eso de las 9 de una noche de luna clara en la esquina por la que Wese tenía que doblar, viniendo de la calle en que tenía su oficina, para ir hacia la calle en que vivía. Pero Schmar sólo se había puesto un delgado traje azul; la chaqueta desabotonada era el espacio por donde entraba perfecto el fragor de la muerte, colándose en su mente, que avivaba un impulso corrosivo en su espíritu. Un rictus grave se congela en su semblante, y la gente ensimismada y sombría no lo nota, y mientras en sus mentes inquietas hilvanan sucesos, en la suya, las imágenes de su hermano internándolo en el sanatorio confirman su decisión.

Mientras recuerda que su madre sólo ha tenido ojos para el rostro agraciado de su hermano, el odio le carcome por dentro. Wese siempre se ha atravesado en su vida, le quitó el amor que tanto había esperado. La hora de cobrar cuentas empezaba a gastarse en el reloj, tantos años robados a su vida por un cruel azar. ¡No más! Pronto todo acabará.

La mente, aún más deforme que el rostro de Schmar, le recuerda la conversación con Pallas, quién conocía sus pobres secretos.

—Siempre he estado enamorado de ella, pero él se ha quedado con todas las cosas que me debían pertenecer —le confía Schmar—. ¿No crees que sea hora de que te devuelva lo que te ha quitado? –responde Pallas, con una cínica mirada.

No cabe la menor duda: Pallas ha hecho bien su trabajo. Sus palabras hacen mella en la mente enfermiza de Schmar y le confirmaban su idea: hay que eliminar el obstáculo que lo aleja de Julia.

—Él tiene mi pasado, y quiero mi futuro —piensa Schmar en voz alta—, respiro el aire que le sobra. En ocasiones quiero dormirlo para siempre.

—Pensar no sirve de nada si no se trae a la realidad. Yo te puedo ayudar con eso —propone Pallas.

—Sabes que no puedo acceder a tu petición—, le había dicho Julia ante sus requerimientos de amor el día anterior, acabando de atestar de absurdos su mente.

La conversación hace eco en la mente de Schmar, atrapándolo por completo; desesperándolo hasta casi hacerle gritar. Pero no puede llamar la atención justamente ahora, a unos pasos de la ejecución del anhelado plan.

Su voz susurrante y tenebrosa roza las mejillas de la mujer. “Espero que el luto y tus lágrimas sean tan amargos como la hiel que produjo tu negativa en mi corazón.”

Pallas sonríe; agazapado en su calculada crueldad, sus palabras arden como fuego aumentando el resentimiento de Schmar. Tendrá a Julia sin mover un dedo; esperará unos minutos mientras se consuma el hecho. Ella quedará libre, el logrará sus más lujuriosos deseos. Una sonrisa burlona se dibuja en su rostro, mientras observa desde su ventana a Schmar en la mitad de la calle esperando a Wese, mientras Julia espera en la puerta de la casa. El crimen lo convertirá en el paño de lágrimas de la viuda y quizá, en el nuevo marido.

A través del cristal, observó cómo Schmar desnudaba el revólver y apuntaba al sorprendido Wese. Su trabajo paciente finalmente daba frutos. Sonrió con una cruel satisfacción.

Aterrorizado, Wese apenas alcanzó a descubrir los ojos del asesino, para darse cuenta que la amenaza de su hermano se hacía realidad.

El cuerpo de Wese cae sobre el pavimento y a través de la superficie del cristal, la risa de Pallas desborda felicidad al escuchar el disparo que restalla sobre el frío aciago de la noche, mientras ensordece a las pocas personas que atraviesan el lugar, esas mismas que Schmar creyó ver perderse entre la niebla. Wese se vestía de un manto espeso, brutal, en tanto un segundo tiro salía del arma escuálida. Schmar parecía petrificado, inmóvil como si fuera una foto en pie sosteniendo un arma que temblaba de miedo.

La señora Wese tembló ante los disparos, se apresuró a llegar con un rostro envejecido por el susto, en un segundo se vio acompañada a derecha e izquierda por el gentío. La piel de zorro se abrió, ella cayó sobre Wese, el cuerpo vestido con el camisón le pertenecía a él, la piel, sin embargo, que se extendía sobre la pareja como la hierba de una tumba, pertenecía a la plebe.
Schmar aguantaba con esfuerzo las náuseas y presionaba la boca en el hombro del policía, que se lo llevó con pies ligeros.

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