Estaba allí, sentada, mirando por la ventana, viendo pasar las horas en el reloj, ese tic tac parecía enfrentarse dentro de los oídos de Meleandra. La marmita de té anunciaba que su contenido hervía, el humo que despedía la cocina de chocolate derretido y el pan con queso, abandonados en la mesa decían que el apetito se esfumaba como lo hacía el alma de la anciana.
Unos ojos verdes claros se acercaban a la habitación y de pronto irrumpieron con impetú en el cuarto; sin moverse y sin musitar palabra alguna, unas lágrimas cortas provenientes de Meleandra expresaron la calamidad que acontecería en unas horas y si al tiempo se le daba la gana de correr más velozmente, sería entonces, en menos de unos minutos.
-Toma asiento, sobrino mío,- Expresó la voz desafinada de la mujer.
Sin decir palabra, el muchacho acató la orden, la silla de mimbre (que se encontraba junto a una mesa de noche vieja y fea) ya no tenía ganas de estar en pie, todas las patas le faltaban.
La mujer recordó en ese mismo instante aquella tarde del viernes:
“El sol golpeaba las cabezas y las largas melenas negras de las jovencitas que venían del pueblo ondeaban tal cual lo hacían sus caderas que atraían las miradas de los picaros muchachos; el camino se alargaba cada vez más cuanto su vista veía menos, y aunque sus ojos se cegaban pudo reconocer la lánguida figura de Rosita que se dirigía a la casa de Gregorio, -si tan solo le hubiese hablado-. La minifalda provocativa que dejaba ver sus piernas largas era solo una pequeña muestra que era una ramera, la vida fácil la acompañó hasta su muerte,
-¡Puta! ¡Ramera hija de mierda!- gritaban las mujeres de los oficiales y entre tanto los esposos la devoraban con la mirada, mientras ella misma se desnudaba con su andar; error desgraciado el haberse unido a estos gritos, -hipócrita de mi-dijo la vieja, su sobrino salió a la defensa de Rosita y sintió vergüenza, él y la anciana se cruzaron y los reclamos no se hicieron esperar, la muchacha huía y la expiración la perseguía, tan solo si hubiese hablado.”
-La tía parece preocupada, esa muestra de tristeza y llanto no han dejado de perturbarme, que será lo que quiere decirnos, hablará de lo ocurrido el viernes en la tarde, cómo olvidarlo, aquel día cuando el trabajo se paró en la fábrica, salí al instante de ella, y encontré el alboroto en el callejón que queda a la vuelta de esta casa, -¡puta! ¡ramera hija de mierda!- le vociferaban las viejas chismosas y envidiosas a mi amada, debí haberla acompañado, la condené al dejarla sola y gritar con mi tía, tan solo fue un error, cuando quise encontrarla la hallé muerta, qué desgracia más grande puede caber en un hombre más que en la mía, cuando el dolor carcome mis venas y me arranca con sus afilados dientes cada órgano de mi ser, mis ojos envenenados de odio y rencor mataban a esa pobre mujer recostada en la mecedora enjuta como su rostro, ¡Maldita Meleandra!, de no ser pecado matar, mis manos ya se hubiesen empañado con sangre y acabado por fin con una plaga para el mundo, ¡Maldita Meleandra!, si no fueras tía mía. –Pensaba el joven.
Un estruendoso golpe en la mesa rompió el silencio de la pequeña habitación, el puño del joven de ojos verdes había dejado marca en la mesa y de un salto hizo levantar a Meleandra; el sonido del teléfono obstruye la contienda de miradas, el encolerizado hombre respira y retorna a la calma. La mujer se acerca al teléfono y de sus manos artríticas resbala la bocina.
-¡Hola, hola!- era Gregorio-
-¡Disculpa las manos inútiles de mi tía, estúpidamente dejaron caer el teléfono!-
-¡Llegaré después de medio día!, ¿entendido?-
Claro que… ¡osó colgarme ese desgraciado hijo de…!
-Controla tus fuertes emociones, no sea que se desborden y terminen yéndose en tú contra, distingue tus palabras no sea que tú enemigo interior te juegue una partida-
-¿Es una clase de amenaza, tía?
-No, solo es mi experiencia desorbitada, aunque en mí no haya querido funcionar, en tus manos está lograrlo, te conozco tanto y más que a mi misma y sé el odio que esta enmarañado con tu vida en contra mía o ¿acaso no es verdad, que deseas arrasar con mi existencia?, ¿para qué acelerarla, para qué mancharte cuando ya no es necesario?, date cuenta, los años caen en mí y me golpean , me castigan y me esclavizan al dolor y a la soledad, no hay peor castigo, que perder quienes amas, te perdí a ti como ahora pierdo mis fuerzas, sin esperanza de recobrarlos, la vida misma me dará muerte antes de que pienses un ¿Por qué?. No hay por que esperar, Gregorio no vendrá, y para cuando lo haga, ya será demasiado tarde para mí.
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Se había levantado muy de mañana, las camas estaban tendidas y el desayuno listo para cuando llegó Meleandra, Rosita estaba lavando el ropaje del día anterior, su cabello lo tenía recogido en una trenza y en su rostro había una sonrisa infantil, el agua corriendo por el fregadero y la espuma que hacía el jabón se vislumbraba por las orillas.
-Doña Meleandra, ¡Buenos días!-
-Cállate insolente zarrapastrosa-
De inmediato la sonrisa que se dibujaba en el rostro de la muchacha desapareció de un zarpazo, pero en sus ojos brillaba cierta esperanza.
-¿Has sabido algo de Gregorio?, desde que partió la primavera no he visto su rostro, tan solo son sus besos los que me acompañan en el recuerdo, sus manos quienes me acarician en el silencio de la noche y es el canto de los pájaros que reemplazo por el dulce sonido de la voz de mi hombre-
-Descarada, acaso no tienes vergüenza, ¿cómo no te das cuenta que mi sobrino muere de amor por ti?, descocada, libertina y malcriada babosa, cómo te atreves a despreciar al muchacho ¿ah?
-No soy yo quien lo desprecia mi buena señora, pues bien mi corazón lleva un lazo con mi amado, las noches frías y sentir su calor hace que lo demás se borren de mi mente. No existe nadie que con solo su mirada me haga temblar, es que cada instante está en mi pensamiento y me gusta verlo corretear por él, llena todos mis rincones y espacios vacíos…pero su sobrino solo puede inspirar en mí, ternura y…lástima…perdonará usted, pero su soledad es agobiante, su mal carácter intimidador y su poca clase dan pena-
-Tal vez sea cierto, pero ese muchacho que dices amar no te corresponde, te engaña.
-Cállese y lárguese de la casa, espero no encontrar esos ojos amargos que usted posee, en mi camino nunca-
Una risa mortuoria se esparció por la sala y la arrogancia del corazón de Meleandra, expresó sin sentimiento alguno: -No será más tu preocupación el verme, pronto te irás, entiendes, tú te irás-
La tarde no demoró en llegar, bastó la despedida fúnebre para que se marcara el medio día. El sol golpeaba las cabezas y las largas melenas negras de las jovencitas que venían del pueblo ondeaban tal cual lo hacían sus caderas que atraían las miradas de los picaros hombres; se aproximaba cada vez más Rosita hacia Meleandra, -¿Adónde vas niñita?-,
-Es únicamente mi apuro y no corresponde a usted involucrarse en la privacidad ajena, con su aquiescencia- una muestra irónica enaltece las palabras de la bella jovencita, llevaba un vestido corto y recatado, su forma de caminar parecía temer y sus ojos tenían miedo, además dejaban rastros de inseguridad por donde pasaba.
Se aproximaba una algarada de oficiales con sus esposas, aquellos hombres miraron con lujuria a la muchacha y la pena hizo ruborizar sus mejillas, las mujeres celosas de tanta belleza encarnada en una adolescente gritaron con agravios:
-¡Puta! ¡Ramera hija de mierda!- no podía faltar la fruición de la anciana,
Hacia poco la fábrica la habían cerrado por problemas con los obreros, el muchacho de ojos verdes se dirigía hacia la casa de Rosita y en su camino escuchó los alarmantes gritos de las esposas, que encerraron a la chica, para desairarla, para oprimirla, de la pobre solo se veían vestigios de un llanto, sus manos cubrían entonces su rostro, el joven la aparta del tumulto y se cruza con su tía:
-¿Qué ha provocado tu veneno? víbora sarnosa-
-No lo he provocado yo, sino la perra que proteges-
-No la llames así- y su mano derecha se abalanzó en el rostro añejo de la mujer y unas muestras de sangre salieron de los labios de esta.
El joven entra a una cantina, bebe unos tragos inocente del daño, la muchacha caminaba con la tristeza en su frente, Meleandra llevaba el revolver en su bolsa de mercar, sigue esta los pasos de Rosita que entra en un jardín que va directo a la casa de Gregorio, la anciana se apresura y de un tiro en seco en la cabeza cegó la vida de Rosita.
Un tiro cerca de la casa despierta a Gregorio que se apresura a mirar lo sucedido.
El muchacho de ojos verdes también se espanta del estruendo, al salir de la cantina y recordar que había perdido el revolver, su tía y su amada ya no están decide apresurarse al lugar del disparo.
Los dos jóvenes se enmudecen al ver el cuerpo que yace entre las orquídeas rosas, la sirena del carro de la policía cada vez se acercaban más.
-¿Quién ha sido?
La sospecha del asesino rondaba en la cabeza del sobrino de Meleandra, pensaba en sus adentros -Fue esa rata, maldita bruja.-
El sufrimiento quebrantó el alma de los pretendientes, que enterraron lo único que tenían en común, ahora decididos estaban en hundir a la asesina, si más era preciso, acabar también con su vida.
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-Esperémoslo, deseo disfrutarlo con él, - dice cínicamente el sobrino de Meleandra que entre las manos llevaba un soga, tres golpes en la puerta anunciaban lo que esperaba la anciana, una pequeña niña de unos diez años, hija de un yerbatero le hace entrega de una bolsa cuyo contenido desconocía el joven,
-¿Qué es eso?- pregunta el sobrino
-Es un remedio, un remedio para tu tía, para ti y para tu enemigo.-
Se oían unos pasos por las escaleras que se acercaban al lugar, era Gregorio, con una sonrisa saluda al chico, saluda y la vieja dice:
-Confieso a ustedes que fui yo quien a sangre fría acabé con la vida de esa zarrapastrosa que no valía la pena-, esta se lanza hacia los pies de Gregorio y con un aire de demencia le expresa el infinito amor que siente por él.
Se acerca hacia donde dejó el frasco, lo saca y empieza a beber afanosamente, mientras los muchachos entumecidos no por la noticia, sino por el actuar enloquecido de la anciana. Ambos concentraron su mirada en ella viéndola caer, arrastrase por el piso hasta morir.
Y marcaron las dos de la tarde…